07 jun. 2026
Eugenia Navarro
Durante años hemos escuchado que la tecnología es neutral y que la inteligencia artificial es simplemente una herramienta y que el buen uso o al mal uso dependerá de cómo la utilicemos.
Sin embargo, la primera encíclica de Papa León XIV, Magnifica Humanitas, introduce una reflexión mucho más profunda y necesaria: la tecnología nunca es completamente neutral porque incorpora los valores, los intereses y las prioridades de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan.
Y resulta especialmente relevante en un momento en el que gran parte del debate sobre la inteligencia artificial se ha reducido a una carrera por la productividad, la eficiencia o la supremacía tecnológica, especialmente en nuestro sector, donde cada vez parece que el uso de la IA, va a acompañado de reducciones de personal, de contrataciones o incluso de la dificultad de formar a los jóvenes abogados en lo que es el criterio que llega con la experiencia.
La encíclica no es un alegato contra la innovación. Todo lo contrario. Reconoce el extraordinario potencial de la inteligencia artificial para mejorar la vida de las personas, impulsar el conocimiento y resolver problemas complejos. Pero recuerda algo que parece haberse olvidado: el progreso tecnológico no es un fin en sí mismo. Debe estar al servicio de la persona humana y del bien común. Además de eficiencias, tal vez es posible reducir los largos tiempos de dedicación al trabajo, conciliar mejor, destinar más tiempo a la innovación, a pasear y a mejorar el mundo.
El Papa lo compara con la revolución industrial y no va desencaminado, estamos en un cambio de paradigma como pocos, donde deberemos cambiar nuestra forma de trabajar, nuestra forma de comunicarnos, pero siempre manteniendo la dignidad humana utilizando la tecnología para crear mejores espacios de trabajo liberando tiempo para avanzar en ámbitos que nos hagan mejores personas.
Cuando Papa León XIII publicó Rerum Novarum en 1891, la cuestión no era si las máquinas debían existir. La cuestión era cómo evitar que el progreso económico destruyera la dignidad de las personas. Hoy la pregunta es similar: no se trata de detener la inteligencia artificial, sino de impedir que el desarrollo tecnológico erosione aquello que nos hace humanos.
Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas piensen.
El verdadero riesgo es que los seres humanos dejemos de hacerlo, y que dejemos de incluir la parte emocional de que nos hace personas en la toma de decisiones. Olvidar que los criterios de justicia, equidad e incluso bondad formen parte de la decisión.
Vivimos rodeados de sistemas que responden, recomiendan, predicen y deciden cada vez más aspectos de nuestra vida. La tentación de delegar nuestro criterio es enorme. Y precisamente por eso la advertencia del Papa resulta tan oportuna: una sociedad que sustituye el juicio humano por la comodidad algorítmica corre el riesgo de perder creatividad, pensamiento crítico y capacidad de discernimiento.
Desde el sector legal observamos este fenómeno cada día.
La inteligencia artificial está transformando la forma de trabajar de abogados, jueces, asesores jurídicos y reguladores. Automatiza tareas, acelera procesos y democratiza el acceso al conocimiento. Pero también nos obliga a preguntarnos qué valor diferencial aportará el profesional cuando la tecnología pueda generar respuestas en segundos.
La respuesta no está en competir con las máquinas. Está en desarrollar aquello que las máquinas no poseen: criterio, ética, empatía, contexto, liderazgo y capacidad para tomar decisiones en situaciones de incertidumbre.
Por eso considero especialmente relevante otro de los mensajes centrales de Magnifica Humanitas: la necesidad de evitar la concentración excesiva de poder tecnológico en manos de unos pocos actores. La cuestión ya no es únicamente económica. Es política, social y cultural. Quien controla los algoritmos, los datos y las infraestructuras digitales tiene una capacidad sin precedentes para influir en nuestras decisiones, nuestras democracias y nuestra visión del mundo.
Y esta reflexión trasciende cualquier creencia religiosa.
No hace falta ser católico para reconocer que nos encontramos ante uno de los grandes debates éticos del siglo XXI.
¿Queremos una sociedad diseñada para maximizar la eficiencia o para maximizar el bienestar humano?
¿Queremos ciudadanos o simplemente usuarios?
¿Queremos profesionales que sepan utilizar la IA o personas capaces de gobernarla?
La encíclica plantea una idea que debería resonar en consejos de administración, universidades, gobiernos y departamentos jurídicos: el futuro no dependerá exclusivamente de la tecnología que construyamos, sino de la humanidad que seamos capaces de preservar.
Como ocurre con todas las grandes transformaciones, la inteligencia artificial no es únicamente una cuestión tecnológica. Es, sobre todo, una cuestión humana.
Y quizás ahí reside la mayor aportación de Magnifica Humanitas: recordarnos que en medio de algoritmos, agentes autónomos y modelos cada vez más sofisticados, la innovación más importante sigue siendo la misma de siempre.
La persona.
Artículo original publicado en El Confidencial
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