09 ene. 2026
Lidia Zommer
Hay propósitos que no se escriben en ninguna libreta, pero pesan todo el año.
Este artículo va de esos.
Los que, si los cumples, te cuidan un poco más como abogado y bastante más como persona.
No son grandes declaraciones ni promesas épicas. Son decisiones pequeñas, repetidas, que separan a los despachos que avanzan de los que sobreviven con dignidad… pero agotados.
Porque no te falta talento. Quizás te sobra inercia.
Así que llamémoslos por su nombre. Estos son los propósitos que te propongo para el 2026.
1. Entender de verdad el negocio del cliente
No solo el asunto que trae hoy, sino el contexto en el que vive.
Qué le preocupa cuando se sienta con el consejo. Dónde gana dinero. Dónde lo pierde sin darse cuenta.
El cliente no necesita asesoramiento legal brillante, busca ayuda para tomar mejores decisiones.
En 2026, menos traducción literal del Derecho y más conversaciones que sirvan de algo el lunes por la mañana.
2. Dejar de refugiarme en la complejidad
La complejidad existe, claro. Esto es Derecho.
Pero también existe la tentación de usarla como parapeto para no posicionarse.
El profesional aporta valor cuando asume responsabilidad, no cuando enumera escenarios y se retira discretamente.
En 2026, menos “depende” y más “esto es lo que recomiendo y por qué”.
3. Elegir mejor a mis clientes
No por soberbia. Por salud.
Porque hay clientes que pagan, pero desgastan. Y asuntos que facturan, pero van vaciando al equipo poco a poco.
Los despachos que perduran no aceptan todo lo que entra. Diseñan su cartera.
Elegir no es excluir. Es cuidar lo que quieres construir.
4. No confundir actividad con valor
Estar ocupadísimo no siempre significa ser útil.
La agenda llena da tranquilidad momentánea, pero no garantiza impacto.
El cliente entiende el valor cuando entiende el resultado. Y ahí todavía tenemos margen de mejora.
En 2026, menos orgullo por las horas y más atención al efecto real de nuestro trabajo.
5. Construir sistemas y dejar de ser imprescindible
Ese orgullo tan nuestro de “si no estoy yo, esto no sale”.
Suena comprometido. En la práctica, agota.
Cuando todo depende de personas concretas, el despacho es vulnerable.
En 2026, menos heroicidades silenciosas y más procesos que cuidan a quienes los sostienen.
6. Liderar personas, no solo expedientes
Porque dirigir asuntos no es lo mismo que dirigir equipos.
El liderazgo no va de carisma ni de rango. Va de coherencia, de ejemplo y de decisiones pequeñas repetidas cada día.
En 2026, menos suposiciones y más conversaciones reales con la gente que hace posible el despacho.
7. Gestionar el despacho como una empresa
Una empresa especial, sí. Llena de talento, criterio propio y urgencias de última hora. Pero empresa al fin y al cabo.
Con números claros. Con prioridades definidas. Con decisiones que no se posponen eternamente porque “ahora no es buen momento”.
Gestionar bien no deshumaniza. Al contrario. Es una forma bastante decente de cuidar a las personas.
8. Trabajar mi reputación antes de necesitarla
No cuando la facturación aprieta. Antes, cuando todavía no hay urgencia.
Estar presente sin hacer ruido innecesario. Opinar con criterio. Explicar bien lo complejo sin convertirlo en un espectáculo.
No hablar para que me vean, sino porque tengo algo que aportar. No por exhibicionismo, sino por responsabilidad profesional.
La reputación no aparece cuando hace falta. Se construye despacio, cuando no hay prisa… y precisamente por eso funciona cuando la hay.Susskind lo llama infraestructura invisible. Yo lo llamo previsión adulta.
9. Hablar en serio de sucesión
Sin bromas nerviosas. Sin cambiar de tema a la primera incomodidad.
No preparar el relevo no es prudencia. Es alargar decisiones importantes esperando que el tiempo las resuelva solo.
El legado no es cuánto facturaste ni cuántos clientes siguen pidiendo hablar contigo. Es si dejaste un despacho capaz de funcionar, decidir y crecer sin necesitarte en cada esquina.
Pocas cosas dicen tanto de un socio como saber dar un paso atrás a tiempo.
10. Cambiar antes de que me cambien por otro
Este es el más difícil.
El mundo ha cambiado. Y no poco. La entrada de la IA ha acelerado decisiones, expectativas y comparaciones que antes tardaban años en notarse.
Aceptar que lo que nos ha ido bien hasta ahora puede no servir mañana es lucidez.
La mayoría de los despachos no cambian cuando quieren, sino cuando ya no pueden seguir igual. Cuando el mercado va más rápido. Cuando el cliente espera otra cosa. Cuando el susto ya está encima.
En 2026, ojalá cambiemos antes. No por miedo a la tecnología, sino por respeto al oficio. No por urgencia, sino por criterio.
Porque cambiar a tiempo, en esta era, no es rendirse. Es llegar lúcido.
No son propósitos grandilocuentes. Son propósitos razonables para una profesión exigente.
¿Cuál de estos propósitos sabes que necesitas… y llevas tiempo posponiendo con una excusa elegante?
Artículo original publicado en Confilegal
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