09 abr. 2026
Emilio Gude
“La cultura se compone de las conversaciones que la gente mantiene dentro de una organización.” Stephen Shapir
Cuando un abogado se incorpora a una firma recibe un estupendo y voluminoso manual de bienvenida con todos los procedimientos que le guiarán por la selva del día a día del cómo hacer las cosas. Invariablemente en dicho manual hay una primera página que lleva la declaración de valores, propósitos e intenciones de la firma en la pluma del socio director.
En realidad, más allá de cuestiones prácticas y de índole doméstico, el manual sirve realmente para poco.
Lo que sirve, lo que vale y, mejor calibrado, lo que pesa es la cultura de dicha firma. Lógicamente cualquiera con cierta rapidez mental me dirá que esa cultura es la que se refleja en el manual. Nada más lejos de la realidad. Se le atribuye una frase a Aristóteles: “somos lo que hacemos repetidamente”, que nos sirve perfectamente para establecer que la cultura es lo que sucede día a día.
La cultura de una firma de abogados es el conjunto de valores, creencias, normas no escritas, comportamientos y estilos de liderazgo que moldean la forma en que sus miembros interactúan, toman decisiones, resuelven conflictos y definen el éxito profesional dentro del despacho.
No se limita a lo que está formalmente declarado en políticas o discursos institucionales, sino que se manifiesta en lo cotidiano: cómo se trabaja, quién tiene voz, cómo se ejerce el poder, y qué comportamientos son premiados o tolerados
La mayor parte de la cultura (creencias, valores, normas tácitas) está bajo la superficie.
Si solo observamos los artefactos visibles, ignoramos lo que realmente mueve la organización. La mejor imagen que podemos tener es la de un iceberg donde lo que se aprecia es la cultura visible y lo que hay debajo del agua, infinitamente más grande, es la invisible.
Frente a una cultura visible en manuales y políticas escritas se opone una cultura invisible llena de comportamientos diarios y hábitos que se transmiten silenciosamente. No se promueve con documentos, charlas o formación sino por imitación, presión y rituales a los que se amolda la mayoría. Es un mundo implícito no definido por la dirección de la firma sino por líderes informales. No se trata de lo que está en los manuales, sino de lo que pasa en los pasillos.
La cultura invisible surge de las experiencias compartidas, aprendizajes tácitos y liderazgo informal. Se transmite por observación y repetición. Influye más lo que los líderes hacen que lo que dicen. Se refuerza con símbolos, rituales y silencios. Influye lo que se acepta, lo que se premia y lo que se castiga. Marca lo que toleras y premias. Lo habitual se convierte en regla tácita. Es la lógica no escrita de cómo se comporta realmente una firma. Como dijo el filósofo americano Ralph Waldo Emerson: “Lo que haces habla tan fuerte que no puedo oír lo que dices.”
Por supuesto, esta cultura invisible puede fortalecer o sabotear la estrategia marcada por la cultura visible. Los riesgos de una cultura invisible tóxica son evidentes: sabotaje de cambios organizacionales, fuga de talento sin explicaciones claras, aparente cumplimiento con baja implicación real, alta rotación, desconexión silenciosa del equipo, desmotivación y perjuicio para la marca en el sector.
Por el contrario, una buena cultura invisible aporta beneficios indudables:
Como dice Sheila Heen, profesora de la Catedra Thaddeus R. Beal de la Facultad de Derecho de Harvard: “Lo más importante de una cultura es lo que nadie dice, pero todos entienden”.
En definitiva, lo invisible es dominante y detectarlo es clave para actuar con un liderazgo constante que mejores nuestras firmas. Como decía Don Quijote: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”
Artículo original publicado en Law & Trends
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