12 jun. 2026
Eugenia Navarro
Durante años el debate en el sector jurídico ha girado en torno a una pregunta recurrente: ¿sustituirá la inteligencia artificial a los abogados? Sin embargo, la realidad que estamos empezando a ver es muy distinta. La tecnología no está eliminando la necesidad de profesionales jurídicos, sino transformando profundamente sus funciones y creando nuevos perfiles. Entre ellos destaca uno especialmente relevante: el ingeniero legal (legal engineer).
Aunque en España todavía es una figura emergente, en mercados más avanzados ya se ha convertido en una pieza clave para impulsar la transformación de despachos y departamentos jurídicos. No hablamos de un abogado que simplemente utiliza herramientas tecnológicas ni de un tecnólogo con nociones jurídicas. El legal engineer es el profesional capaz de conectar ambos mundos y convertir el conocimiento jurídico en soluciones más eficientes, escalables y alineadas con las necesidades del negocio.
Tradicionalmente, los abogados han trabajado resolviendo asuntos concretos: un contrato, una negociación, un litigio o una consulta regulatoria. El ingeniero legal observa esos mismos procesos desde otra perspectiva. Se pregunta cómo pueden optimizarse, qué tareas son susceptibles de automatización, cómo aprovechar los datos disponibles o de qué manera la inteligencia artificial puede ayudar a ofrecer un mejor servicio. Su misión no consiste en sustituir el criterio jurídico, sino en diseñar sistemas que permitan aplicarlo de forma más eficiente y consistente.
La aparición de este perfil responde a una necesidad muy concreta. Durante los últimos años, las organizaciones han invertido de forma significativa en tecnología jurídica, herramientas de automatización, plataformas de gestión documental y, más recientemente, soluciones basadas en inteligencia artificial generativa. Sin embargo, muchas de estas inversiones no han alcanzado el impacto esperado porque faltaba alguien capaz de conectar la tecnología con la realidad del trabajo jurídico. El reto ya no es disponer de herramientas; el verdadero desafío consiste en integrarlas en los procesos y generar valor real para la organización.
En este contexto, se convierte en un facilitador de la transformación. Participa en proyectos de automatización contractual, implantación de plataformas de gestión documental, desarrollo de asistentes jurídicos basados en inteligencia artificial, sistemas de gestión del conocimiento o iniciativas de análisis de datos legales. Su trabajo combina conocimientos jurídicos con capacidades relacionadas con procesos, tecnología, innovación y gestión del cambio.
Esta figura comparte ciertos espacios con el profesional de operaciones legales, pero no es exactamente lo mismo. Mientras que las operaciones legales se centran en la gestión eficiente de la función jurídica —presupuestos, proveedores, métricas o gobierno tecnológico—, el ingeniero legal participa activamente en el diseño y construcción de soluciones. Es quien traduce una necesidad jurídica en un flujo automatizado, una aplicación, un agente de inteligencia artificial o una nueva forma de prestar servicios legales. Sin lugar a dudas, dentro de los departamentos de operaciones legales existen uno o más ingenieros legales que ayudan a la optimización de procesos y a mejorar la eficiencia.
Lo más interesante es que este perfil representa mucho más que una nueva posición profesional. Refleja la evolución de la propia abogacía. Durante décadas hemos valorado principalmente el conocimiento técnico y la capacidad de interpretación jurídica. Hoy siguen siendo fundamentales, pero ya no son suficientes. El mercado demanda profesionales capaces de entender cómo funciona una organización, cómo se diseñan procesos eficientes, cómo se aprovechan los datos y cómo la tecnología puede generar ventajas competitivas. Y los clientes, lo exigen.
España se encuentra en un momento especialmente interesante para impulsar esta evolución. Contamos con asesorías jurídicas cada vez más sofisticadas, despachos comprometidos con la innovación y una creciente comunidad de profesionales vinculados al legaltech y a la transformación digital. Sin embargo, la formación jurídica continúa centrada mayoritariamente en contenidos tradicionales, mientras que las organizaciones empiezan a demandar nuevas competencias relacionadas con la tecnología, la gestión y la inteligencia artificial.
Probablemente, dentro de pocos años, hablar de ingeniero legal dejará de ser algo excepcional. Del mismo modo que hoy nadie concibe un abogado que no domine las herramientas digitales básicas, mañana será habitual encontrar profesionales jurídicos capaces de trabajar con agentes de IA, automatizar procesos o diseñar soluciones tecnológicas para sus clientes y organizaciones.
Quizá el mayor aprendizaje sea que el futuro de la profesión jurídica no pertenece únicamente a quienes conocen mejor las normas, sino también a quienes son capaces de transformar ese conocimiento en sistemas, procesos y soluciones que generen valor. Y precisamente en esa intersección entre derecho, tecnología y negocio es donde nace la figura del legal engineer, uno de los perfiles llamados a liderar la próxima transformación del sector legal.
Artículo original publicado en Expansión
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